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Archivo: Noviembre 2007

RuMbO NoRtE

lagrimaymar 24/11/2007 @ 13:07

triste
1. Cuando se acabó

Esbozaba la forzada sonrisa que ella parecía interpretar como afectiva. Tumbados en la misma cama de la misma habitación, como tantos días.

Su vulgar olor a pachuli, aquellos inamovibles cuadros en las paredes, el eterno color azul oscuro...Todo tan frío, sin magia, caducado y consumido.

Ella le pasó la mano por la cabeza pero él permanecía impasible, caricia áspera. Miraba atentamente la inexpresiva mirada de su inocente Mar. Era joven y nada fea, pero demasiado simple, muy conocida. Era sólo una niña, podía ser su hija, acababa de cumplir los veinte años y él iba ya para los cuarenta y cinco. Volvió a sentir aquel amargor en la boca, pero, al fin y al cabo ¿ No era él el poderoso Pablo del Castillo? Seguía desapasionadamente sus monótonos besos con la vista perdida en un punto inconcreto. Creía encontrar a aquella exótica Lana, la sentía a su lado. Un escalofrío recorrió su cuerpo, se hundía en la cálida lava del volcán prohibido. Era Lana la que le provocaba aquel feliz ensueño, el sabroso afán de aventura. Ésa amiga que lo cautivaba con aquellas felinas miradas, con la que había compartido tantas inolvidables tardes, esa maga que lo hechizaba con una ferocidad salvaje y libre. No podría soportar la desaparición de aquellas cariñosas caricias que anhelaba siempre. La vida cacercería de sentido sin esos espectaculares ojos negros que seguían consiguiendo cohibirlo como si fuera un adolescente. Rememoraba sus alegres años de juventud, el pálido recuerdo del pasado se intensificaba con una fuerza demoledora. Se sentía nuevo. Con ella las horas no eran solo horas, las tardes nunca eran una tarde más, la uniformidad era inexistente.

Ante todo, él quería sentirse guíarse por suscaprichos, dejar que el momento lo guíara al azar.

Pero, sin embargo, compartía tantos buenos recuerdos con Mar...No la deseaba, no quería seguir engañándola. No era consciente de que la verdad llegaría sin demora arrasando cruelmente áquella ángelical inocencia.

Lo que él desconocía era que ella llevaba meses sabiendo lo de Lana.

Vivían unidos por por unos antiguos recuerdos, por aquella común adicción a la rutina de las tardes con té verde y galletas de limón, por la misma envolvente melodía de Malher.

Encadenándose fuerte para seguir viendo los mismos atardeceres rojizos . Abrazados para no caer en el tentador riesgo de su libre albedrío.

 Llevaban un año entrelazados en el tedio. Dormían en grandes habitaciones contiguas, respetando aquel claustrofóbico silencio que cada vez pesaba más y más. Vivían siguiendo las mismas pautas tan aburridas y cómodas. Despertaban con la llegada de la aurora. Desayunaban a ambos lados de una mesa descomunal sin terciar palabra. Se vestían y preparaban de la misma manera, sin cambiar jamás. Sabían que la más ligera variante podía alterar sus vidas. Nada volvería a ser ordenado, se sumirían en un caos que ambos odiaban. Acabarían enzarzados en una disputa y alguien debería marcharse al mundo exterior. Y eso, aunque al principio fuese tentador, los había acabado aterrando. ¿Qué podía ser de ellos? No querían acabar mal. Ella no trabajaba, estaba atada a él. Mar iba languideciéndose despacio, llenandóse de rencor, aprendió a vivir incomunicada con el resto del mundo, consciente de que él no la quería. Porque ¿quién iba a darle trabajo? ¿en qué era buena? Ella hacía té y bizcocho y él iba a comprar los alimentos tras el trabajo todos los días. Cuando su marido se marchaba, la mujer quedaba atrapada entre las páginas de otra novela de la enorme biblioteca. Su mente viajaba y aquellas ganas de alejarse de allí quedaban parcialmente saciadas. Leer era tranquilizante, las horas lentas pasaban dulcemente sin que ella se percatase. Se atenuaba esa progresiva soledad, esa angustia que iba devorándola sin prisa, día a día. Estaba totalmente sola en aquel caserón apartado del mundo. Bueno, sola no. Sus miedos y sus frustraciones la seguían siempre, incluso cuando salía al bello jardín a regar los magnolios, cuando veía la tibia luz del sol verspertino. Si algún paseante coincidía con su breve salida al exterior, no la reconocía. Su rostro níveo y pálido se resguardaba bajo un gran sombrero lila. Él detesataba que se tostara, quería que se mantuviese siempre como una muñeca de porcelana. Quizás preferiría una muñeca de porcelana a una mujer. Como mujer ya tenía a Lana. Mar oía a su marido dirigirse a ella en sueños. La conocía, era una simpática mujer mucho mayor que ella, de unos cuarenta años. Trabajaba en uno de los negocios de Pablo.

Sabía que tiempo atrás habían estado a punto de casarse, que su marido la había amado de verdad. Pero ella lo abandonó la semana anterior a la ceremonia, huyó a París, donde debió llevar una vida bohemia e intensa. Tuvo un affaire con un escritor, sus novelas eran un éxito continuo hasta que un día dejaron de gustar y fracasó. Lana y él empezaron a tener problemas y se separaron. Había oído rumores de que fue una ruptura apasionada y drámatica, como las de las películas. Ella volvió a la pequeña ciudad de dónde procedía, Pablo del Castillo se había hecho famoso allí, era dueño de muchas empresas. Él no pudo olvidarla jamás, trató de guardarle odio, o por lo menos algo de rencor, pero no fue capaz. Se había casado con Mar pero en cuanto se enteró de su llegada no tardó en contratarla. La deseaba más que nunca en toda su vida.

Mar se consideraba menos interesante que ella, más vacía. No tenía tanto mundo, carecía de aquella gran cultura, su conversación resultaba más monótona. Lana transmitía una paz y seguridad contagiosas, siempre tenía algo ingenioso que decir. No era nada tímida, se advertía que tenía experiencia. No aparentaba ser más joven, tenía canas y arrugas que no trataba de ocultar. Pero eso le confería un encanto extraño, era un reflejo de su singular personalidad. Su piel era curiosamente morena y parecía muy libre. No como aquella atormentada joven a quien llegaba irremediablemente ese inquietante murmullo: " Te equivocaste. Te estás consumiendo. Pierdes los mejores años de tu vida. No aguantarás mucho más. Él jamás te ha querido, a eso se debe su eterna frialdad, no te mira, te rehuye. Sólo te quiere para exhibirte en las cenas, para figurar como la mujer del insigne Pablo del Castillo. Quiere que los demás se asombren con tu belleza y juventud. Él siempre te ha considerado como un mero asunto burócratico. No eres nada para él, otro utensilio de la casa. Y ni siquiera le sirves, no puedes tener hijos. Lo mejor sería huir, quitarte de en medio, comenzar de cero. Pero pese a todo no te atreves. Cobarde, cobarde, cobarde".

Oía los inconfundibles pasos de las botas de su marido acercándose a la habitación. Él llamo a la puerta precavidamente, y ella, algo sorprendida, dijo casi en voz baja:

-Pasa Pablo.

La puerta chirrió, debía de estar mal engrasada. Él apareció tras ella, con la mirada perdida en otro lugar, inalterablemente distante. Pese a todo, fue a sentarse a su lado, a esa blanca cama de matrimonio que jamás habían compartido. Él era la única persona con la que había hablado aquel martes lluvioso. Permaneció metida en la cama, con el delicado camisón de seda en el que él jamás había reparado.

-Quiero que vengas a una fiesta en mi honor, ya sabes, por haber aportado fondos para el nuevo aquarium. Es importante, es oficial, mi mujer debe estar presente. Pero recuérdalo bien, tú ni una palabra ¿vale? No quiero que se repita lo que pasó en la ópera. Vendrás ¿no? Acuérdate bien que estás casada conmigo y que se trata de una pequeña obligación, nada más ¿De acuerdo?-Sus ojos se posaron livianamente en los de él, su mirada reflejaba una calma casi antinatural. Aquella pregunta retórica, aquel mandato camuflado era ya tan conocido. Su mano pequeña y frágil buscó la de Pablo. Quizás consiguiese algo de afecto a cambio de otra tensa velada obligada a exhibirse. Pablo la sintió, era fría, suave y pálida como una delicada flor de magnolio del jardín y desprendía un agradable aroma difícil de identificar, algo un poco dulce, entre colonia y caramelo. La joven se mojó los labios mientras meditaba la respuesta decisiva. Se tomó su tiempo. Ese silencio tan familiar lo invadía todo. A Pablo le encantaba aquella expresión de reflexividad: ladeaba la cabeza y fruncía un poco el ceño, sus graciosos hoyuelos se descubrían más que cuando sonreía. Pero pese a todo, no pudo evitar ponerse algo nervioso y resoplar varias veces mientras daba pequeñas patadas al suelo.

-Sí, iré.- Pablo se permitió sonreírle y darle un casto beso propio entre los hermanos.

Mezcla de maquillaje, nerviosismo, crema y perfumes. Miraba alternativamente su plateado reloj de pulsera y el espejo. Terminó concentrándose en aquella mujer que le devolvía la mirada detrás del cristal. Se había esmerado en mejorar su apariencia. Estaba guapísima pero no era ella misma, era una extraña demasiado perfecta para resultar agradable. Todos sus rasgos distintivos habían desaparecido bajo aquella primorosa máscara. Faltaba menos de una hora para estar delande de las cámaras, expuesta como en un zoológico. Había algo irremediablemente meláncolico en su expresión, era lo único que no podía disimular. Metamorfosis fallida.

Demasiadas luces deslumbrantes, flashes, caras desconocidas, frío, sonidos, un mar de gente describiendo círculos a su al rededor. Pero como siempre, nadie le tendía una mano para aliviar aquella sensación de ir a la deriva, era solo una cara bonita acompañando a una estrella. Apocada mujer de un hombre próspero. Ese hombre que desaparecía de su lado, ese hombre que no la miraba, ese hombre a quien solo importaba si decía alguna inconveniencia. Era una joven taciturna y extraña, algo asocial casi, tímida. La débil sombra de una gran claridad. Todo aquello la ponía tan nerviosa, todo iba a peor progresivamente. Ya no aguantaba más. Pablo se había sentado junto a Lana. Ella estaba rodeada de desconocidos que nadie se molestaba en presentarle...Se refugió en el lavabo, donde pudo enterrar su peinada cabeza entre los brazos y ponerse a llorar como una niña pequeña, como el ángel maldito en el que se había convertido. Se avergonzó de sí misma, de su incosistencia. " Todo tiene un límite. Tienes que decidirte ya. ¿Qué quieres? Las cosas no se van a solucionar por arte de magia. ¡Madura! Hagas lo que hagas, no te quedes sin hacer nada, no te protegas con enfermizas ilusiones inútiles a largo plazo. Sé más impulsiva, trata de sobrevivir en esta jungla donde el más fuerte sale adelante. Demuestra algo de valor, mujer. Siempre hay esperanza." El maquillaje se le había corrido un poco, lágrimas de un sucio color negruzco resbalaban contrastando con su piel. Se lavó la cara, fingió sonreír, se arregló un poco más y se fue. Pero esta vez no volvería a la cena de Pablo, salió cautelosamente de aquel lujoso lugar, sin que nadie lo advirtiera. Una vez en la calle, cuando sintió que todo estaba más frío, oscuro y silencioso, echó a correr. La luna dominaba alta y llena un cielo entre negro y azul marino. Helaba. Mar se iba despeinando, los bajos de su vestido se rompieron, no pensaba. Se sentía libre por primera vez en tanto tiempo... Casi carecía de miedo. Era una silueta, otra sombra perdida en medio de aquella inhóspita noche invernal.

Empezó a percibir el aroma salado y penetrante del Cantábrico antes de poder vislumbrarlo. Solo edifios grises, farolas, y luces de neón, en un barrio que desconocía. Al dar la esquina, se encontró con una playa de piedras negras y arena. Había pequeños botes de colores en una esquina, junto a un rocoso malecón. Camino hacia la orilla. La espuma jugaba a dibujar cosas abstractas. Ella, sin dudarlo un instante, cogió un poco entre las manos y se lavó la cara. Tiró su peineta lejos, a las oscuras profundidades. Se quedó contemplando aquella inmensidad con la mente en blanco. Le temblaba un poco el labio inferior. Pero ya no lloraba porque era fuerte, porque iba a serlo, porque saldría adelante.

Fue entonces cuando escuchó una voz desconocida y extrañamente reconfortante:

-¿Qué hace una chica tan guapa y pensativa como tú en mitad de ninguna parte?